Alfonso Parra

El corte trasversal

Foto Portada de "El corte transversal"

Portada "Personación", 97 x 146, oleo. Museo Nacional de Granada Palacio de Carlos V (La Alhambra)

Claro, no tan claro

Muchos más de mil años insistiendo

en lo mismo. ¿Por qué hay que llevar hato

envenenado y cumplir la quincena?

El respeto sin más a lo sobrevenido

con que la Historia estira su remate

que es engaste sobre la piel del agua

que no fluye, como todo pero que va a la mar

porque todo va, como se sabe, “río de barro...”

con el aire del Ave en Altos Vuelos

desconchando el silencio y la distancia.

Mientras, Jaén y sus dioses temblan

con el muy triste verdeo del aceite;

-Formidable acechanza en la plaza de Andújar-

Jornaleros de apaño con vaqueros sin pana

que llevan la amargura en los vasos de vino

del Valle de las Peñas y no en los de Montilla.

Pero fue que la cincha se enredó en el varal

y el animal sudó como una fruta;

se fue al techo la harina de la tolva

al tensar la polea su justa consecuencia.

El concepto insistió y lo plantó en retiro

el inmenso rugir callado en la palabra.

Y la imagen que exhibió sus tersuras

se desleía, cuando la metáfora mordió la esquina

saltando chimeneas, levantando rastrojos

o la siembra temprana. Y ya no vuelve.

Como si nada se pulveriza el mensaje,

se descalabra la astuta raíz de los contrarios.

Bereshit. En el principio. Desde la primera línea del Génesis aletea en el desierto y el vacío: un soplo imparable de vida sobre la superficie de las aguas y la tiniebla que cubre el abismo. Es el instante infinito de unos dedos que amasan el pan o la luz. El principio sin tiempo que habita en el estremecimiento de la creación. Pero la historia convierte lo que toca en efímero y el poder acecha tras los barrotes del tiempo para cubrir toda llama con su capa de miedo y cenizas.

En esta plaza, Alfonso Parra es un creador inadmisible: ni admite componendas con la historia, ni hay modo de asumir en el coro de la gestión sus colores, sus poemas, su irritante presencia.

Hace pocas Pascuas, nos puso ante la sima “de la comunicación sin otro agravio”, libro suave al tacto pero que abrasaba en lucidez -por la fuerza y la hermosura- el tinglado ético y estético que soporta los últimos decenios.

Ahora nos da “el corte trasversal”, mirada en carne viva desde su soledad encendida y sonora.

(La mirada hueca hoy ve un vacío, la ausencia de algo que fue arrebatado en la rapiña del nihilismo interesado. Estamos cerca de la aldea electrónica global, atravesados de informaciones que cambian al hombre y que no son inocentes. Se ha limado las diferencias y hemos llegado al espíritu absoluto en caricatura. La comunicación se ha comido al comunicante, convirtiéndolo en onda. El coro mira el mundo desde la ventana de la televisión. La esfinge se ha convertido en un centro de datos. Edipo se siente definitivamente culpable y el escenario contemplado por millones de espectadores se ha quedado vacío, sin sujeto que le plante cara al destino. En el escenario vacío no cabe ni la creación ni la ética: los comportamientos son circuitos integrados, prácticos, ligados a otros circuitos que mimetizan comportamientos. El político ha cambiado la legitimación por la seducción, es decir, ha aceptado límites, reglas de juego, trampas para no ser atropellado).

Pero Alfonso Parra no juega a estas cartas ni se doblega a la historia, sabe que “sólo el pintor tiene derecho a mirar todas las cosas sin ningún deber de apreciación” y sostiene la fuerza de aquellos profetas lúcidos que caminaban or el desierto sin otro templo ni abrigo que su amor y su ira. Recia gente que peleaba toda la noche con el ángel de la muerte y era capaz de mirar sin temor el punto exacto entre las alas de los querubines que cubrían el propiciatorio en la tapa del arca: el espacio donde aparecía la luz de la creación.

“El corte trasversal” de Alfonso Parra es un tajo en carne propia que abre la trabazón de tres abrazos: con la luz, el sexo y la muerte. En la harina, el color, el paisaje, se drrama la luz. El sexo enciende el hondón de la carne. La muerte sin resentimiento ni condescendencia, anuda sus cordones y aprieta el abrazo.

Hay también desprecios en “el corte trasversal”: a la ceguedad de la memoria, al ruido y al enredo de las palabras y a la obscenidad de la democracia castradora.

Pero estos poemas no son reacción, ni producción, ni reproducción. No tienen sitio en el mercado del intercambio. La generosidad de su creación se da porque sí, sin por qué. Por eso son inadmisibles y el corte sólo puede serlo en carne viva. La morada donde aún respira el hálito del bereshit.

Ángel Arrabal González

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/ © Alfonso Parra Domínguez